Capítulo 1
Año 1940, Reirez 5194
Reyyest esperaba
paciente, sentado en el sillón principal del puente de mando de su nave,
mirando fijamente el planeta Ensou. No estaba nervioso, había hecho la misma
operación decenas de veces y siempre había conseguido su objetivo. Esperaría
que llegue el crucero comercial con el cargamento y en un ataque fugaz lo
acorralaría, destruiría rápidamente los cazas enemigos sin siquiera darles
tiempo de pensar en cómo defenderse y luego pondría en jaque al crucero
comercial obligándolo a rendirse. Por último, entraría a la nave, mataría a sus
tripulantes y se llevaría el cargamento. Tras ello, desaparecería de la escena
dispuesto a vender la mercancía por lo bajo en algún planeta en las afueras de
la federación, huyendo de la legalidad.
Recordó sus inicios como
pirata espacial. Era muy joven y había escapado de su planeta por problemas con
la ley, no encajaba en esa ridícula sociedad. Su amigo Fur–Sol le había
propuesto la idea: “Eres rápido, intrépido, no tienes temor…eres perfecto para esta
misión…solo será una vez. Conseguimos el cargamento, lo vendemos, y nos
olvidamos del tema. Aquí no pasó nada”. “Solo será una vez…” Repitió Reyyest en
su mente, sonriendo al recordar a su amigo. Aquella misión fue tan fácil que le
agradó la idea y la práctica se hizo constante. Siempre él con su compañero
liderando los asaltos. Lamentablemente, en una de esos atracos su compinche Fur–sol murió desintegrado por el capitán de una nave. Todo pasó muy
rápido, no pudo hacer nada para evitarlo, el capitán había estado escondido y
al salir disparó sin darles tiempo de reaccionar. Ese fue el día más triste de
su vida. A partir de ese momento él tomó el mando, y el resto de seres con los
que trabajaba lo siguieron, sabían que tenía experiencia y los trataba bien,
además, a todos los que colaboraban con cada misión les caía una buena parte
del botín, no se podían quejar. No volvió a tener mayores problemas, unas
cuantas bajas, unos cuantos cazas destruidos, pero nada de consideración,
conocía bien su trabajo. No debía existir pirata más hábil que él, pensó.
En esta ocasión, se
encontraba escondido en una de las lunas deshabitadas del planeta Ensou, su
flota estaba conformada por tres cruceros acorazados y doscientos cazas, además
de centenares de mininaves de emergencia en cada crucero. El éxito de su flota
radicaba en la gran velocidad y maniobrabilidad de sus naves, más que en la
potencia destructora. La velocidad para era lo más importante. En cualquier
momento llegaría a Ensou un crucero espacial comercial, de algún planeta de la
federación, con una carga importante de sustrito, material con el que se
fabricaban los uniformes más modernos de la federación. Este material era tan
resistente y a la vez elástico que tenía mucha demanda y era muy caro, tener
uniformes hechos con este sustrito era realmente un lujo. Sería una de las
misiones más importante que haya llevado a cabo, podía imaginar la cantidad de
dinero que ganaría. Y el resto de la tripulación se mostraba igual de
ilusionada que él, se les notaba en sus rostros. Ellos sabían que Reyyest solo
era cruel con sus enemigos, pero sí estabas de su lado tendrías grandes
beneficios, era muy generoso. Así da gusto trabajar con él, claro que sí.
–¿Cuánto
falta para que llegue el crucero? –le preguntó Reyyest a Crate,
un humanoide de piel mostaza y contextura prominente, se había unido a su flota
hace ya unos meses terráqueos y había participado en el algunos atracos. Era muy
hábil el chico.
–Diez minutos,
veintiocho segundos –le contestó rápidamente–. Dejará la velocidad
superlumínica en el sector 4 e ingresará a Lous por el hemisferio sur. Se
dirigirá a la mina Isooc para recargar la nave, aquí es donde debemos atacar.
La seguridad de la mina no representará ningún problema para nuestras fuerzas.
–¡Perfecto! Botín por
partida doble, asaltamos el crucero y la mina. ¡Nunca se van a olvidar de este
esto muchachos! –dijo Reyyest a sus compañeros, toda la flota estaba
comunicada, así se daban ánimos antes de cada misión –. Vayan pensando qué
harán con tanto dinero, ya que después de esto nos tomaremos unas vacaciones
bien merecidas.
Todos estaban felices y
soltaron arengas a favor de Reyyest. Vaya qué afortunados eran de trabajar para
él. Lo mejor de todo era que la prensa solo sabían hablar de ellos. La FOUD los venía persiguiendo hace más de tres
reireces y no los lograba capturar. Cada asalto era muy bien planificado y
fugaz, no dejaban rastros ni sobrevivientes, se habían hecho especialistas y
Reyyest trasmitía gran seguridad a toda su flota. En la federación se había
perdido el estímulo de hacer negocios con planetas lejanos, el volumen
comercial había descendido considerablemente por el temor a perder tu
mercancía, por consiguiente, se había reducido la recaudación de impuestos.
Atrapar a Reyyest era prioridad para la FOUD, y este mercenario se burlaba de
la alianza de planetas más extensa que había en el universo conocido.
–Crate, la información
que nos has dado sobre este cargamento ha sido muy valiosa, y todo aquel que
trabaja así es bien recompensado –le dijo Reyyest al joven muchacho posando su
amarillenta mano sobre su hombro–, ten por seguro que has asegurado tu futuro
económico con la parte que te va a tocar pero espero que quieras seguir
trabajando para mí.
–¡Por supuesto, gran
Reyyest! Después de todo el dinero que he ganado hasta el momento, y los
beneficios que tengo de pertenecer a esta flota, sería un estúpido al alejarme
de esto.
–Así se habla, muchacho
–le dijo Reyyest sonriendo. Le gustaba trasmitir esa confianza y sembrar un
sentido de pertenencia hacia la flota. Era muy importante que todo pirata que
trabajara para él sientiese que todos eran un equipo.
Tras unos minutos
apareció en el espacio el gran crucero comercial, había dejado la velocidad
superlumínica y ahora estaba ingresando a Lous, tal como lo había predicho
Crate en el informe.
Las naves piratas
despegaron de dicha luna y rápidamente se dirigieron al planeta Lous, hacia la
mina Isooc. El plan era el mismo de siempre, acabarían con toda la seguridad,
con los mineros, la tripulación de la nave y se harían con todo el botín, luego,
destruirían la nave enemiga para que ningún holograma de seguridad que los
hubiese captado fuera visto nunca. No era costumbre atacar minas, pero por la información que tenían la
seguridad de Isooc no representaría ningún problema.
Era la primera vez que
Reyyest entraba al planeta Lous, casi todo el panorama era desértico, de rocas
rojizas y cielo de una clara tonalidad naranja. Los rayos del sol penetraban
intensamente. La temperatura era de 60 grados y aire respirable para humanoides
como él. Mientras nadie se quitase sus trajes, que regulaban la temperatura
corporal, no habría problemas.
Rápidamente llegaron a
la mina. Era una perforación a cielo abierto en medio de grandes cerros
rocosos. El crucero comercial se había estacionado en la zona de carga y estaba
abriendo una gran compuerta en la parte trasera de la nave. Una gran rampa
llegaba hasta la superficie, por donde se podría subir el nuevo cargamento.
Decenas de cazas espaciales acompañaban al gran crucero comercial en su viaje
para protegerlo. En estos momentos surcaban el cielo, preparados ante cualquier
eventualidad.
Reyyest actuó raudo,
como siempre lo hacía y ordenó el ataque. Los cazas piratas aparecieron en
escena y empezaron a atacar. Las naves que protegían al crucero intentaron
defenderse, aunque no eran rivales para sus enemigos que sabían bien lo que
hacían. Eran superiores en número, velocidad y habilidad de sus pilotos. En
poco tiempo acabaron con todos los vehículos comerciales y rodearon al crucero
de carga. Los tres cruceros acorazados de Reyyest también descendieron y
apuntaron a la nave enemiga, mientras los pilotos de los cazas aterrizaban y se
bajaban de sus naves para acabar con todos los mineros.
–¡Están perdidos!
¡Ríndanse! –La voz de Reyyest, el pirata espacial más famoso, se escuchó por
los altavoces–. ¡Entreguen todo su cargamento!
No hubo movimiento,
nadie salió de la compuerta trasera, se estaban escondiendo. Nada que
representase un problema para los piratas, los obligarían a descubrirse cuando
ingresen a la nave a usurpar el cargamento.
–En esta mina solo hemos
encontrado robots programados para este trabajo, ningún ser con vida le informaron a Reyyest–. Deben estar ocultos.
Los hemos destruido a todos.
Que la mina esté llena
de robots no era ninguna sorpresa. La minería era un trabajo pesado y no muchos
seres vivos se dedicaban a ello. Los que manejaban la mina se debían estar
escondiendo para que no los maten.
Reyyest bajó de su nave,
sus botas pisaron el firme suelo rocoso, respiró la victoria y desenfundó su
arma para ingresar a la nave comercial, lo mismo hicieron los compañeros. Todos
se acercaron apuntando sus armas hacia la compuerta trasera que se había
abierto, donde estaría el cargamento.
Caminaron lentamente y
empezaron a subir por la rampa trasera, dispuestos a acribillar a cuanto ser
vivo se pusiera en su camino. Siguieron avanzando y entraron a la nave. Cuando
por fin estuvieron adentro, se dieron cuenta que no había nadie. No había
cargamento, no había tripulación, no había nada. El gran espacio donde se suele
poner el cargamento estaba vacío.
–Esto es demasiado
extraño –dijo Crate nervioso–, algo raro está pasando.
Reyyest le devolvió una
mirada desencajada, por primera vez desde que hiciera su primer atraco, estaba
vacilante, esto no era normal.
Y de pronto se
confirmaron sus miedos. Oyeron a cientos de naves surcar los cielos. Reyyest
dio media vuelta y miró hacia afuera por la gran compuerta. Naves plateadas
empezaron a salir tras los cerros rocosos que rodeaban la mina. Se habían
estado escondiendo todo este tiempo. Eran cientos, tal vez mil cazas plateados
que brillaban intensamente por el fuerte sol. Esos modernos vehículos de
combate eran perfectamente reconocibles, pertenecían a la FOUD. Todas empezaron
a disparar a los piratas que habían bajado de sus naves para destruir a los
robots, algunos intentaron regresar a sus cazas, pero era muy tarde. Los
misiles de las naves oficialistas ya habían destruido a casi todas las naves
piratas incluyendo a las escasas que se habían mantenido en el cielo. En pocos
segundos lo que parecía una misión prometedora se había convertido en un
infierno.
Reyyest se escondió
detrás de una de las paredes de la compuerta, para evitar los disparos,
mientras veía como todas sus naves eran abatidas y destruidas. Nunca pensó que
este momento llegaría, sintió que estaba perdido, las fuerzas de la federación
los superaban ampliamente. ¿Cómo era posible que sepan que atacaría esta mina?
La emboscada estaba perfectamente planificada.
Reyyest y sus secuaces
intentaron resistir dentro del crucero comercial, pero fue en vano. Cientos de
soldados de la FOUD salieron por todas partes. Los disparos iban y venían. Las
fuerzas de la FOUD eran muchos más, Reyyesst se ocultó e intento disparar
desesperado, logro matar a unos tres soldados, pero no servía de mucho, podía
ver como todos sus compañeros con quienes
había trabajado tanto tiempo caían inertes al suelo. Era un final que no se
merecían.
Sabía que no duraría
mucho más, era a él a quien buscaban. Tras unos minutos de feroz batalla solo
quedaba él, cubierto tras una pared en uno de los lados de la compuerta, y
Crate en el otro, ya no levantaba la cabeza, sabía que decenas de armas estaban
apuntando al lugar donde se encontraba escondido. Los disparos cesaron, los
soldados solo apuntaban hacia él. Nadie se movía, hasta que se escuchó una voz
desde adentro de la nave comercial
–Sal de tu escondite,
Reyyest. Prometo que no dispararemos. Conversemos.
Era la voz inconfundible
de Hyracs Jorleff, el legendario presidente de la FOUD, considerado el guerrero
más fuerte del universo, no por nada tenía el título de guerrero legendario. Se contaban historias fantásticas sobre él en
cada rincón del universo. Era presidente de la FOUD desde hace un buen tiempo,
y se había dedicando a buscarlo, sin
éxito, hasta hoy. Reyyest sintió que su cuerpo se desintegraba, el mismo
Jorleff había venido a capturarlo, y ahora le decía que salga, que sus soldados
no le dispararían. ¿Qué debía hacer? ¿Suicidarse? ¿Salir y luchar? ¿Morir
luchando o no darle ese gusto a la FOUD? Sabía que estaban trasmitiendo esta
batalla en vivo en todo el universo.
–¡Arrojen sus armas!
¡Ríndanse!
Reyyest y Crate lanzaron
sus armas y salieron de sus escondites con las manos en alto. Vieron como
cientos de soldados les apuntaban directamente. Cualquier movimiento en falso y
podrían ser exterminados.
A lo lejos, entre las
sombras, apareció Hyracs
Jorleff y se abrió paso entre
sus soldados parándose frente a ellos. Su semblante era impresionante, medía
unos 2.20 metros, su piel era alba y sus cabellos largos y dorados, que
combinaban perfectamente con su blanco traje de rayas negras, muy elegante. Su
sola presencia irradiaba gran energía, alteraba el ambiente. Su mirada profunda
se clavó sobre Crate.
–Excelente trabajo,
Crate. Excelente. Realmente has retribuido la confianza que deposité en ti, a
pesar de tu juventud –dijo Jorleff con una gran sonrisa. Habían planeado esto
hace tanto tiempo. Y por fin habían triunfado.
–Excelente entrada
teatral, señor presidente –dijo Crate bajando los brazos, la actuación había
terminado.
Reyyest miraba a Crate,
no lo podía creer, tanto tiempo que trabajaba para él, tantas misiones que
libró con él, todo había sido planificado. Lo había estado estudiando, había
informado cada uno de sus movimientos a la FOUD, se había ganado su confianza a
tal punto que le hizo creer que podían atacar un cargamento fantasma. Lo había
conducido hasta el lugar de su muerte.
–¡Hijo de puta! –gritó
Jorleff y se abalanzó contra él dispuesto a matarlo. Sin embargo se chocó
contra un muro invisible y cayó al suelo. Jorleff estaba con el brazo
levantado, había creado un campo de protección alrededor de Crate, quien caminó unos metros y se puso al
lado del presidente.
Reyyest se paró
nuevamente mirando intercaladamente a Crate y al presidente, con un profundo
odio, con la impotencia de ni siquiera poder vengarse de quién lo había
traicionado. No podía creer que había sido engañado tan estúpidamente, se debía
haber dado cuenta de esto hace tiempo.
–No te podrías haber
dado cuenta, tu codicia te cegó ante tan buen botín, – le dijo Jorleff
leyéndole la mente. Reyyest recordó los poderes mentales por los que era famoso
el presidente. El odio volvió a recorrer todo su cuerpo, no se quedaría ahí
parado mientras se burlaban de él. Se olvidó de todo y corrió hacia Jorleff,
dispuesto a atacarlo. Nadie le disparó. Cuando estuvo a diez metros del
presidente dejó de correr en seco y cayó pesadamente al suelo. Sintió un agudo
dolor desde lo más profundo de su cerebro. Se agarró la cabeza, innumerables
recuerdos venían a él: la expulsión de su planeta, la muerte de su amigo, su
dura infancia, todo mientras el dolor aumentaba.
Jorleff lo miraba
directamente, estaba usando uno de sus poderes mentales, ni siquiera tenía que
ensuciarse las manos, solo estaba jugando con su mente. Reyyest podría ser el
mejor pirata que haya existido, también, podía ser muy hábil piloto, muy bueno
con las armas y un gran luchador, pero no tenía oportunidad al enfrentarse cara
a cara con Jorleff.
Ante el asombro de
todos, la cabeza de Reyyest empezó a crecer, cada vez más y más, parecía un
globo siendo inflado lentamente. Sus ojos se salieron de sus cuencas, sangre
empezó a salir de su boca y de sus oídos, seguía agrandándose, hasta que
explotó.
Todos los soldados de la
FOUD alzaron sus armas y arengaron al presidente, la persecución de Reyyest
había durado mucho, y por fin lo habían matado. Jorleff tomó la palabra:
–Volvamos a Epsilon, que
empiecen las celebraciones.
CONTINÚA LEYENDO EL CAPÍTULO 2: EL RACLAPTIANO